La descendencia terrenal de Abram El Señor dijo a Abram, después de que Lot se hubiera separado de él: «Alza ahora tus ojos, y mira desde el lugar donde estás hacia el norte y el sur, y al oriente y al occidente; porque toda la tierra que ves, te la daré a ti y a tu descendencia para siempre. Haré que tu descendencia sea como el polvo de la tierra; que si alguno puede contar el polvo de la tierra, también tu descendencia podrá ser contada. Levántate, recorre la tierra a lo largo y a lo ancho, porque a ti te la daré». (Génesis 13:14-17) Esta fue la segunda vez que Dios le dio la bendición a Abram. Es similar a la primera, pero más detallada y específica; en ella se ampliaba la descripción de la multitud de su descendencia y la vastedad de la tierra. Sin embargo, esta promesa no se hizo hasta que Lot, el sobrino de Abram, se hubo separado de él. Esto nos recuerda que la voluntad de Dios es específica. Cuando Dios le dijo a Abram que dejara su tierra, su parentela y la casa de su padre, hablaba en serio. Por tanto, al llevarse a Lot consigo, Abram no cumplió plenamente con lo que Dios le había pedido. Esa es la razón por la que Dios no le otorgó una bendición específica en aquel momento. No obstante, Dios tampoco lo abandonó. De hecho, al principio Abram no fue muy fiel: cuando sobrevino el hambre, descendió a Egipto con la intención de establecerse allí por un tiempo; además, hizo pasar a su esposa Sara por su hermana para evitar que lo mataran a causa de ella. Sin embargo, Dios no retiró ni disminuyó su bendición. Cuando Abram alineó su mente con la voluntad divina, Dios no dudó en otorgar más bendiciones a quien estaba dispuesto a vivir conforme a esa voluntad. Abram no llegó a ser llamado «padre de la fe» de la noche a la mañana. Él no alcanzó su fe sin cometer errores ni atravesar dificultades. Sin embargo, Dios posee toda la paciencia del universo si nosotros no nos rendimos. En comparación con Abram, nosotros partimos de una mejor situación. Dios lo llamó cuando tenía 75 años; él no tenía idea de cómo sería su viaje. Nosotros, en cambio, contamos con la Biblia para instruirnos y con el Espíritu Santo para guiarnos. Y lo más importante: tenemos a Jesucristo como nuestro garante ante Dios. Así, podemos llamar a Dios «Padre celestial» sin avergonzarnos, tal como dijo Pablo en la Epístola a los Romanos: Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: «¡Abba, Padre!». El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados. (Romanos 8:14-17) ¡Qué bendición tan maravillosa y segura! Emanuel. (Para volver, seleccione <- en la barra de herramientas)